Los psiquiatras trabajamos con el pasaporte malo

Analogía entre la obra La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag, y la visión social actual de los trastornos mentales.

 

“La Enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara.  A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”.

Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas.

 

Comienza la autora hablando sobre estereotipos, algo muy conocido en la enfermedad mental. Ya sea porque no se puede ver como si se puede un hueso fracturado, un sangrado activo o porque nadie quiere a los locos, las enfermedades mentales cargan con un estigma tan viejo como la humanidad y la idea principal que se desarrolla a lo largo del libro, apoyada en dos enfermedades (tuberculosis y cáncer) es aplicable a muchos de los trastornos con los que trabajamos los psiquiatras día a día, pues no solo comparten que algunos subtipos pueden darse como el producto de conductas realizadas por el individuo (ej: cáncer de pulmón en un paciente con tabaquismo activo o esquizofrenia en un paciente con consumo de marihuana), sino que también comparten una visión en sociedad característica. Son incomprendidas, incurables, se evita el contacto con estos pacientes, la propia palabra condena, sea “cáncer” o “enfermedad mental” y no es un tema que se discuta en almuerzos, en reuniones familiares y lo que es más preocupante aún, en el ámbito hospitalario. Describen la tuberculosis y el cáncer como enfermedades secretas, al igual que pasa con la enfermedad mental.

Posteriormente se refieren al daño lingüístico relacionado con términos equivalentes y el efecto ocasionado por ello a nivel cultural. Citan al Oxford english dictionary, donde consunción era un sinónimo de tuberculosis hacia 1398 y el cáncer se definía como “todo lo que desgasta, corroe, corrompe o consume lenta y secretamente”. La locura ha sido el término utilizado para referirse a los trastornos mentales en general y puede utilizarse para significar cosas diametralmente opuestas. Por un lado, puede hacer referencia a la pérdida del control de las propias acciones y las alteraciones del juicio (que en ocasiones  acompañan a la enfermedad mental) asociado a una porción de violencia, irresponsabilidad y voluntad no siempre propios de la misma. La romantización de la locura, al contrario, enarbola las acciones que alguien estaría dispuesto a realizar por un ideal noble sin importar las consecuencias.

Esto ha traído como consecuencia dos opciones de encasillamiento para los pacientes con trastornos mentales, una como personas peligrosas a quienes hay que temer, u otra como personas que no padecen ninguna patología, normalizando procederes patológicos y desembocando en un ataque a la psiquiatría por tratar de interrumpir los comportamientos que a los ojos de la sociedad deberían ser permitidos por buscar grandes gestas.

En este último grupo podemos identificar acciones como el suicidio, el cual siendo un nefasto comportamiento secundario a un trastorno mental descompensado que probablemente no sería llevado a cabo en condición de salud, podría ser defendido desde dicha óptica como una opción de libertad, una elección voluntaria y sin influencias.

Otro punto romántico que comparten estas dos enfermedades en ocasiones es la atribución de la patología como una cualidad. En el libro se describe como la tuberculosis pasó de ser una patología de gente pobre a una enfermedad digna, una opción de muerte nada terrible para personas destacadas de la sociedad, íconos como Robert Louis Stevenson, Kafka y Chopin, sobresalientes en sus campos.

El temperamento melancólico pasó a ser una característica del paciente con tuberculosis y no una consecuencia de los síntomas de la misma. Se normaliza la tristeza y se separa de la tuberculosis, cambiando de consecuencia hacia virtud propia del paciente. En ocasiones esto sucede en los pacientes con depresión, porque en general no se entiende el ánimo triste como la base de este trastorno y aparecen los consejos para los pacientes sobre como esa tristeza, llanto e incapacidad de sentir placer no tienen razón de ser, pues desde ese punto de vista no son síntomas de una enfermedad sino un estado de ánimo pasajero sin razones que lo legitimen.

Incluso la autora expresa como se puede haber “tergiversado de manera tan descabellada la realidad de una dolencia tan espantosa (hace referencia a la tuberculosis), piénsese en otra distorsión, igualmente grave, en nuestra era, bajo la presión de la necesidad de expresar posturas románticas sobre el yo. El objeto de esta distorsión, por supuesto, no el cáncer” puntualizando que “En el sigo XX, la enfermedad repelente, desgarradora, que pasa por ser índice de una sensibilidad superior, vehículo de sentimientos “espirituales” y de insatisfacción “crítica” es la locura”. La ira divina que la caracteriza como un castigo y otros misticismos como explicación de los síntomas, el aislamiento social impuesto a quienes la padecen o la deducción de que es producto de un carácter débil apoyan el posicionamiento de la enfermedad mental en el rol ocupado por la tuberculosis a lo largo de la obra.

Finalmente, la autora del libro y el autor de este texto llegan a la misma conclusión, Sontag defiende la enfermedad real del imaginario colectivo, dice que “no es una metáfora” y que son precisamente las metáforas que pretenden encarnar las enfermedades las que contaminan a las personas cuando están viviendo en el mundo de los enfermos (ej: la tuberculosis era cáncer hasta 1882, la muerte por cáncer es lenta y la acompaña un largo padecimiento, la tuberculosis es propia de gente pobre, cáncer es igual a muerte). Frente a la enfermedad mental, el conocimiento sobre la misma, sobre las limitaciones y las posibilidades que le atribuyen al paciente, tiene un potencial de cambio drástico sobre el porvenir del mismo, otorgando el regalo más preciado para cualquier persona que se enfrenta no solo a una enfermedad, sino a la atención médica encarnada en un lenguaje técnico desconocido, una hospitalización o un régimen terapéutico: Algo de control sobre la enfermedad misma.

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